Chile, 1992: El día que el Mapu Lautaro atacó la casa del embajador de España

Rescatado desde Hommodolars, este relato fue extraído de la revista TIRO (julio de 2003), publicación artístikofensiva del Kolektivo Kamina Libre. El texto se basa en una acción realizada por el Mapu Lautaro el 8 de octubre de 1992 que consistió en atacar con explosivos la casa del embajador de España (representante del Partido Socialista Obrero Español) mientras el Príncipe de Asturias visitaba Chile. En esta acción también se registró un enfrentamiento armado con una pareja de policías, produciéndose a días de la conmemoración de los 500 años de resistencia indígena y popular a los diferentes imperialismos que han dominado este rincón del mundo.

Entre 6:00 y 8:15 AM

La mañana se presentó de golpe, sin aviso, tan sólo abrió los ojos y ya estaba ahí. Aún amanecía cuando salió de la casa, miró el reloj y la cuenta implacable de las horas le exigió poner orden a sus pensamientos. Primero, repasar el plan establecido; así lo hizo y pudo comprobar con satisfacción que todo estaba claro y aprendido. Ahora podía perderse ensimismado en los que más le conmovían. Entre estos estaba la presencia inevitable y estremecedora de su piel morena, el triángulo ancho y de vellos gruesos de su sexo infinito, apenas cubierto por la ropa interior en una especie de homenaje eterno al regalo del placer.

La micro se deslizaba cadenciosa atravesando el frío matutino. A medida que se acercaba al lugar de encuentro los rostros juntos a él perdían sus contornos, asemejándose inquietantes a las sombras que poblaban sus sueños. La aproximación final, tantas veces repasada, logró disminuir la ansiedad creciente que se apoderaba de sus sentidos. Al poner el primer pie en la vereda lo embargó esa resignación placentera frente a lo inevitable.

Ahí estaban ellos, esperándolo, faltaba sólo uno, volvió a consultar su reloj, todo estaba en orden, aún se encontraban dentro de los cinco minutos de margen máximo de espera establecido para estas situaciones. Se saludaron con afecto y atención, escrutando los gestos del otro, vaciando entre sí una seguridad contenida. Ahora ya no faltaba nadie. Se daba inicio a la operación. Partieron en los grupos ya fijados, todavía quedaba un largo trecho por recorrer; nuevamente una micro displicente los transportaba inmunes a las suspicacias ajenas. Cada vez que se miraban, lo hacían ofreciéndose una sonrisa nerviosa, cómplice en los convencimientos.

Se bajaron según el plan, él lo hizo primero, ya que junto a X debían abordar el taxi que los conduciría al objetivo final. Esto no costó nada, la experiencia algo enseña. El taxista fue reducido sin forcejeos, luego se le entregó a quienes lo custodiarían mientras durara la acción, en todo el proceso no emitió ni un comentario ni una queja. Inmediatamente se dirigieron a los lugares donde los esperaban lxs demás compañerxs de la milicia. Abordaron con desplante, cada unx imbuido en su papel y dispuestos a lo suyo. Se siguió la ruta prefijada, al doblar hacia el sur en la avenida principal se vislumbró imponente el objetivo.

Se detuvieron justo frente a la entrada principal, primero bajaron quienes harían la contención, luego los que arrojarían las dos cargas explosivas de medio kilo, con sus mechas dispuestas a liberar toda la rabia contenida por siglos de explotación; contribuyendo así, con un empuje más, a compensar la deuda de muerte aún pendiente de tan nefasta herencia colonial. Las bombas se deslizaron silenciosas cortando imperceptibles el aire que todxs respiraban; el compás decidido de la Uzi fue el heraldo negro para que los guardianes del capital sintieran quemándoles el rostro el costo de su desclasada decisión.

Abordaron presurosxs el vehículo donde nuestro conductor mantenía en tensión los sentidos. Dos o tres segundos antes de cerrarse la última puerta, soltó el embrague y apretó el acelerador a fondo, llevando el motor a su máxima exigencia pues durante breves instantes simplemente olvidó cambiar la marcha preocupado como los demás en agachar la cabeza hasta casi perder de vista la calle en un afán imperioso por borrar el hechizo maldito del susurro de las balas policiales buscando certeras cegar sus vidas. Un momento después ya había pasado la segunda y la tercera recobrando el dominio de la situación. Al doblar la esquina, ya no se escuchaban tiros ni gritos.

Se bajaron en forma desordenada, la tensión generada por el enfrentamiento llevó a que cometiera algunos errores que podrían haberle costado la cárcel. Al abordar una micro para salir del lugar aún olía a pólvora y repasaba nervioso lo sucedido, se sentía irritado y confuso, pero al percatarse aliviado que había logrado romper el cerco policial fue poco a poco recobrando la calma. En ese momento retumbó poderosa la confirmación explosiva del éxito alcanzado. Ahora quedaba dirigirse al “punto de control” y más tarde retomar sus actividades habituales, si es que todavía podía llamarse así a esa vida que día a día se extinguía en su continuidad.

De nuevo lo asaltó con fuerza el recuerdo de su último encuentro, podía percibir su olor característico y penetrante, una mezcla de sudor y ciudad, tan suyo, tan excitante. Sus besos permanecían en esos labios que sólo anhelaban nombrarla y devolverle el placer en oleadas sin retorno. Su cuerpo tantas veces deseado, liviano sobre el suyo, lleno aún de posibilidades, se le abría generoso en su devenir. Buscarla sin poder acudir a ella era su condena implacable. Todas las decisiones, salvo la de aceptarlas o no, eran soberanía de ella… más que debatirse ante eso desesperaba porque permaneciesen como hasta ahora, la alternativa ni siquiera existía. Conjugar sus vidas bastaba. El tiempo y el creciente afecto tal vez resolvería lo demás, no importaba, en ese segundo su sangre fluía únicamente para poder besarla.

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