Italia-Chile, 2005: ¿Quién es Toni Negri y por qué está aquí?

Toni Negri durante el Proceso del 7 de Abril. Atrás, varixs de sus co-imputadxs. Tiempo después, Negri pasaría de ser enjuiciado por el Estado a participar en él en el Parlamento.

Nota de la redacción: Va un viejo texto crítico sobre el respetado profesor Negri, un gatopardo con refinadas habilidades para ir donde calienta el sol. No es casualidad que sus dos visitas a Chile se hayan enmarcado en el desemboque de álgidos conflictos sociales, en 2005 con la experiencia de las protestas por la cumbre de la APEC y en 2011 cuando el movimiento estudiantil había desbordado cualquier pronóstico.

El profesor Negri es una de esas curiosidades que pululan en el ambiente revolucionario: a pesar de que nunca fue un combatiente, sí alcanzó una fama enorme en el mundo de la lucha social revolucionaria de los años 60 y 70. ¿Su aporte? Fundar Potere Operaio y teorizar, teorizar mucho. Algo así como lo que ha hecho Alberto Mayol en Chile, viviendo en base a un movimiento ocasionalmente conflictivo. Así vivía, entre sus cátedras sobre Teoría del Estado en la Universidad de Padua y sus aportes a distintas revistas marxistas, cuando fue arrestado en el Proceso del 7 de Abril de 1979, acusándosele (junto a otros investigadores de la Universidad de Padua, periodistas y militantes fundadores de Potere Operaio como Emilio Vesce, Oreste Scalzone, Franco Piperno, Luciano Ferrari Bravo, Alessandro Serafini y Alisa Del Re) de varios cargos. Al profesor se le apuntó como autor intelectual de la muerte de Aldo Moro. (¿Podría acusársele de algún cargo no intelectual, acaso?), lo que le significó pasar unos cuantos años en prisión. En sí, todo el Proceso del 7 de Abril significó la puesta en marcha al por mayor del Teorema Calogero (también llamada Teoría del Entorno), propuesto por el magistrado y militante del Partido Comunista Italiano (PCI) Pietro Calogero, el que a través de amalgamas y silogismos agrupó a todos los que se situaban a la izquierda del PCI, desde el movimiento autónomo a las Brigadas Rojas, dentro del gran saco de un «partido armado» dirigido por hábiles y pérfidos «malos maestros». A tal punto llegaría la fe en estas hipótesis de autorías intelectuales que, en 2010, Pietro Calogero, por fin jubilado y con 70 años, publicará sus memorias en su libro Terror Rojo. De la autonomía al partido armado, firmado con Michele Sartori, periodista de L’Unità (dependiente del PCI) y Carlo Fiuman, profesor de la Universidad de Padua. En él, prosigue imperturbable en sus desvaríos sobre conspiraciones y secretos, a pesar de que los testimonios y las sentencias de los tribunales hayan afirmado lo contrario.

En septiembre de 1982, la firma del profesor Negri apareció junto a la de Paolo Virno y otros presos de la cárcel de Rebibbia, miembros de Potere Operario, Guerriglia Comunista, Unità Comuniste Combattenti y otros tantos del área de la autonomía obrera, el texto Una Generazione Politica Detenuta, conocido como «el manifiesto de los 51», un documento de disociación (rechazo de la lucha armada pero también de la delación). La «estrategia de la disociación» fue una apuesta del Estado por desarticular la lucha armada revolucionaria en Italia, cavando profundas divisiones en el movimiento autónomo. En palabras de Rolando d’Alessandro: «Gracias a un trabajo minucioso de todas las fuerzas contrarrevolucionarias, lo que nunca hubiera tenido que salir del ámbito de un debate sobre oportunidad política se convirtió en sentencias con connotaciones moralistas y se impusieron nuevas verdades como que «en democracia todo se puede conseguir sin violencia» o que «la violencia lleva a la sinrazón», verdades que tendrían su eco en numerosos pseudoanálisis que se iban a fraguar dentro de las áreas antagonistas mismas, del tipo «las pistolas acallaron las voces del movimiento», de mucho efecto propagandístico y de ningún espesor político». Este fenómeno, fue tratado en su tiempo en el escrito El fin de la clase política de la Autonomía Obrera Organizada y, más tarde y brevemente, por Salvatore Verde en su libro Máxima Seguridad. De las cárceles especiales al Estado penal (especialmente en los capítulos Las cárceles especiales y el «pentitismo» y El fin de la emergencia).

Al año siguiente, en 1983, y mientras cumplía su prisión preventiva, el profesor Negri fue candidateado y elegido como diputado por el socialdemócrata Partido Radical, concediéndosele el fuero y logrando pisar la calle nuevamente, hasta que la inmunidad le fue revocada. Pero ya estaba auto-exiliado en la Francia socialdemócrata de Mitterrand, aprovechando el asilo político que se le había ofrecido, mientras que ese mismo gobierno pateaba puertas y allanaba hogares y centros sociales buscando a los compañeros de Action Directe y de la izquierda extraparlamentaria. Allí, Negri siguió teorizando y desde donde regresó en 1997 a cumplir su condena, reducida a 12 años. Desde 2003 entró a obtener beneficios de salidas periódicas.

El Proceso del 7 de Abril terminó con 80 imputados, 70 absoluciones, 60 mil indagados y 25 mil arrestos. Scalzone fue condenado a 8 años; Piperno a 2, pero se auto-exilió en Francia hasta que la pena prescribió. Vesce fue absuelto.

Ciertamente, el profesor Negri siempre estuvo intentando encabezar el movimiento autónomo italiano de los setenta («autónomo», entendido como comunista anti-estatal y anarquista), y cuando éste se desgastó, siguió desarrollando su figura de falso crítico, pasando, sin asco, de las calles al parlamento, allí donde se parla, donde se dialoga con los demás poderes del Estado. No olvidar que un parlamentario compone un poder del Estado, por lo tanto es parte de él y ayuda a mantenerlo; aunque sueñe con que pueda cambiarlo: sólo las pesadillas pueden despertar al individuo. Sólo las acciones son capaces de transformar la realidad, las condiciones materiales objetivas. De eso, el profesor Negri conoce bastante. E insistimos en llamarlo profesor, porque eso es lo que es: jamás un revolucionario.

Independientemente de las diferencias que puedan tenerse con el comunismo, con el marxismo, no se puede obviar la importancia revolucionaria que este movimiento ha tenido en la historia de los grupos explotados. Basta con recordar bajo qué ideas se articuló la resistencia armada a la dictadura en países como Argentina, Chile o Brasil.

De la misma manera es necesario aclarar la molestia que nos produce dejar en éste sitio una nota hecha por la gente de Comunizacion.org, quienes han tratado a compañeros como Gabriel Pombo da Silva con adjetivos que no nos interesa revivir. Sin embargo, un texto no se transforma en inútil por quien lo escribe, y la nota de Comunizacion.org sirve en este caso para darle un contexto a lo que se narra más adelante. Sólo en este caso.

Aunque este panfleto desnuda muy bien a Toni Negri, hay un pequeño libro anónimo titulado Bárbaros, la insurgencia desordenada (inglés | italiano), publicado por Edizioni NN en 2002 y que nació como una respuesta anárquica al libro Imperio, y que termina con una feroz crítica a Negri, una crítica mucho más afín y compañera, sin esas típicas alusiones y vivas al proletariado que más parecen invocaciones religiosas a una clase social muerta como proyecto revolucionario. No afirmamos que el proletariado no exista ni nada parecido, pero hay que entender que la clase obrera no es revolucionaria ni por defecto ni porque así lo diga alguna ideología.

Ahora bien, cuando el texto que dejamos a continuación habla de que la muerte de Aldo Moro fue perpetrada cuando «las Brigadas Rojas (…) ya estaban infiltradas y bajo el control de la policía secreta», estamos frente a un típico mecanismo de defensa de los situacionistas, esnobs y otros tantos espectadores de la revolución que deliraban con que las Brigadas Rojas, los Núcleos Armados Proletarios y otros grupos armados estaban infiltrados. Esa misma crítica, por ejemplo, fue empleada en Chile por el Partido Comunista (históricamente de una tendencia apegada a los marcos legales) hacia algunas acciones realizadas por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria en los años 70′ y 80′, y luego apuntadas hacia el MAPU-Lautaro (años 90′) o, en años más recientes, hacia los bombazos reivindicados por anarquistas.

La muerte de Aldo Moro ocurrió durante 1978, en medio de la campaña del Ataque al Corazón del Estado para combatir al compromiso histórico del PCI (Partido Comunista de Italia) y la Democracia Cristiana, de la cual Moro era uno de sus dirigentes asegurados. Luego, las Brigadas Rojas se fraccionarían y seguirán impulsando la lucha armada hasta bien avanzada de década de 1980 cuando, junto a los compañeros de Acción Directa (Francia), y la Fracción del Ejército Rojo (Alemania Federal), impulsan el Frente Anti-imperialista. Por supuesto que los compañeros sufrieron infiltraciones de la policía y organismos de seguridad, como ha ocurrido desgraciadamente con muchas guerrillas, pero decir que estaban dirigidas por el Estado o el propio PCI, como en más de una ocasión insinuó el señor Debord —«un intelectual de la corte del Príncipe Proletariado», como tan bien lo definieron unos compañeros de Italia—, es una afirmación simplemente estúpida que no se sustenta en nada, salvo en la mala fe de quienes la escupen.

En palabras de Alessandro Stella: «Más de treinta años después, y aunque todos los informes policiales como las sentencias de los tribunales demostraron que los grupos armados de esos años estaban formados por obreros, estudiantes, proletarios e intelectuales, que sus motivaciones eran sociales, que tenían una ideología comunista y querían un cambio político radical, los fabricantes de opinión siguen manteniendo una interpretación o visión misteriosa de la historia. Detrás de las Brigadas Rojas y otros grupos armados, tenía que haber forzosamente alguien más -aunque nunca nombrado, nunca descubierto-, que actuaba en la  sombra con fines completamente diferentes a los de estos brigadistas, tan ingenuos que ignoraban estar siendo manipulados. Entre otros periodistas, políticos y profesores, el politólogo Giorgio Galli ilustra este pensamiento mágico. En su libro de 2004 Plomo Rojo. La historia completa de la lucha armada en Italia de 1970 a hoy -con título del viejo oeste y un subtítulo de tesis universitaria-, vuelve a plantear, en más de quinientas páginas, la tesis de la manipulación de los grupos armados de izquierda por un poder oculto.

La teoría de la conspiración, de las conexiones con servicios secretos extranjeros, toda la dietrología (estudio de lo que hay detrás, de las causas ocultas de los acontecimientos) tiene su origen en un negacionismo de clase profundamente anclado en el subconsciente del pensamiento elitista burgués -no solamente italiano-. No pueden admitir que personas consideradas como obreros puedan tener inteligencia para dirigir acciones que pongan en apuros no solamente a las grandes empresas industriales sino también a las más altas autoridades del Estado. Necesitan ver a manipuladores, a títeres que mueven los hilos de los brigadistas para sus propios y misteriosos fines. Así, el juez Calogero y otros personajes delirantes acusaron a intelectuales, profesores universitarios, periodistas, poetas y escritores, entre otros, de dirigir las Brigadas Rojas y a un imaginario partido armado. Todo ello debido a que eran incapaces de admitir que obreros como Mario Moretti o Rocco Micaletto no necesitaban ni buenos ni malos maestros para pensar».

La infiltración es algo que exclusivamente deben investigar los compañeros comprometidos con la guerrilla, y su versión siempre será la más acertada, aunque jamás exacta. Los demás análisis conspiracionistas, o vienen del Estado o de quienes postulan a él, y en ambos casos son basura.

Lleva años esta teoría, esta leyenda metropolitana sobre la posibilidad de la infiltración de los servicios secretos. Todavía hoy se sigue hablando de esto. En realidad, ninguno la ha demostrado realmente.

Yo fui casi la útima en ser arrestada, el 19 de junio de 1985, y conozco a todos los compañeros de las Brigadas Rojas. Si alguien me dijera quién es un infiltrado, se lo agradecería, porque yo no lo conozco. Si alguien lo conoce, que me lo presente.

Barbara Balzerani,

3 de marzo de 2016

* * *

Nota Hommodolars: En la siguiente introducción se explica el contexto de la visita anterior de Toni Negri, un teórico muy de moda que, como «intelectual de izquierda», cumple a cabalidad su función de «hablar» y «estudiar» a Marx con la apariencia de una «profundidad» que no es más que pura fraseología para liquidar lo esencial de su pensamiento práctico revolucionario, obteniendo las loas de la «izquierda» y, cómo no, del Capital. En su primera visita, a fines de octubre de 2005, se repartió un texto anónimo donde se dejaba en claro la funcion de este personaje y que reproducimos gracias a una colaboración solidaria. ¡Ah! si nunca ha entendido la frase «falso crítico», quizás esto podría ayudarle… (el personaje estará en la Universidad Diego Portales, con la conferencia «Lo común y la acción política hoy» y el coloquio «Biopolítica de lo común»).

Nota Comunización: Hace exactamente seis años, el eminente profesor Negri estuvo de visita en Chile, ocasión en la que fue ovacionado y adulado por la comunidad universitaria congregada en cierta barraca de conferencias de la Universidad Arcis. El evento, pese al entusiasmo extático de la concurrencia, no estuvo libre de inconvenientes. Durante la charla, en efecto, algunos elementos que no estaban nada satisfechos con la presencia del profesor Negri, se las arreglaron para interrumpir el suministro eléctrico, haciendo que por momentos la cháchara del conferenciante fuera completamente inaudible. De vez en cuando, asimismo, salían de entre el desganado público gritos insultantes dirigidos contra el maestro, y en un momento de relativa calma uno de los descontentos tuvo la presencia de ánimo para increparle por su vacía fastuosidad pseudo-intelectual. Negri, desde luego, se hizo el hueón.

Cabe destacar que mientras ingresaban al lugar de la conferencia, los expectantes espectadores recibieron en sus manos –a modo de bienvenida– un interesante texto anónimo, impreso en una carilla, titulado «¿Quién es Toni Negri y por qué está aquí?». Durante la charla y en los días siguientes, un número indeterminado de inútiles subversivos siguió distribuyendo por varios lugares de Santiago algunas miles de copias de ese panfleto. Seguramente todo esto habría caído irremisiblemente en el olvido si no fuera porque hoy otros académicos han decidido traer nuevamente a Chile, en un momento particularmente apropiado, al singular profesor veneciano.

A varios años de ese memorable episodio, el texto sigue ofreciendo una lectura muy amena. Pero sobre todo resulta profético: la nueva visita que Negri hará a estas convulsionadas tierras en los próximos días, conviene contemplarla a la luz de las afirmaciones hechas en los últimos párrafos del libelo que presentamos a continuación.

* * *

¿Quién es Toni Negri y por qué está aquí?

“En torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo, gira de modo invisible. Sin embargo, en torno a los comediantes giran y se retuercen el pueblo y la fama; y así marcha el mundo”.
Nietzche

Desde joven Toni Negri soñó con ser dirigente intelectual de la clase trabajadora. La historia le dio su oportunidad: poco después de titularse como filósofo, la lucha de clases experimentó un notable ascenso en todo el mundo. En esa época (los años 60′) los proletarios confiaban bastante en su propia capacidad de lucha, así que les tenía sin cuidado que un intelectualillo pretencioso se metiera en las fábricas a decirles lo que tenían que hacer. Esa actitud despreocupada de los obreros le permitió a Toni conocer la realidad de los centros industriales de Italia, donde los trabajadores acostumbraban hacer huelgas salvajes, quemar los autos de sus jefes, apalear a los soplones y cosas así.

De esos combates, Toni sacó una conclusión banal, pero que anunció como su gran descubrimiento teórico: en los lugares de trabajo está el epicentro de las luchas contra el régimen salarial y la ganancia capitalista. Naturalmente, los explotados siempre han sabido esto; pero a Toni le gustaba retorcer las palabras para ganar notoriedad pública. Así, supo servirse del movimiento Autonomía Obrera (una corriente semi-anarquista, amorfa y heterogénea), para hacerse notar como un «intelectual comprometido».

A mediados de los 70′ la lucha de clases en Italia alcanzó altísimas temperaturas, produciendo diversos agrupamientos combativos del proletariado. Grupos como Insurrección, la sección italiana de la Internacional Situacionista y las Brigadas Rojas, trataron de estimular la lucha mediante clarificaciones teóricas y acciones de propaganda armada. Toni llevaba algunos años moviendo los hilos del grupo Poder Obrero, pero era casi desconocido en los ambientes más extremistas del proletariado italiano. Para solucionar ese problema se hizo fotografiar y entrevistar por cuanto periodista se le cruzara por delante, hasta que su nombre empezó a sonar en la prensa.

El resultado de esa fama fue bien grotesco: cuando a fines de los 70′ las fuerzas represivas se abalanzaron sobre el movimiento para aniquilarlo, escogieron al pobre Toni como chivo expiatorio para darle una lección al proletariado. En una atmósfera de paranoia, delaciones, arrepentimientos y montajes, Toni Negri fue acusado de ser el ideólogo de las Brigadas Rojas y del secuestro y asesinato del líder democratacristiano Aldo Moro (atentado que las Brigadas Rojas perpetraron cuando ya estaban infiltradas y bajo el control de la policía secreta). En realidad nadie en las Brigadas Rojas conocía a Negri, y el asesinato de Moro había sido organizado por los partidos gobernantes para contener la crisis. Pero Toni «el Astuto» supo aprovechar la oportunidad que se le ofrecía: organizó una campaña de apoyo centrada en él mismo (cuando en Italia había miles de luchadores sociales en prisión); y se defendió a medias, dando a entender que no era un terrorista pero que tampoco era del todo inocente. Entonces se hizo famoso.

Toni pasó cuatro años a la sombra. En 1983 sus seguidores aprovecharon un resquicio legal para sacarlo de la cárcel: lo llevaron a las elecciones parlamentarias como candidato del Partido Radical, salió elegido diputado y el fuero parlamentario le permitió salir en libertad sin más trámite. Luego se exilió en Francia, donde se vinculó con la elite intelectual posmoderna. En ese ambiente escribió su primer superventas: Marx más allá de Marx, donde afirmó que El Capital, la conocida obra de Marx, había llevado al proletariado a la derrota. Esa estupidez le valió un gran reconocimiento por parte de la izquierda, que calificó su libro como «uno de los documentos más cruciales del marxismo europeo» (por esa misma época la izquierda describía a Foucault como el pensador más crítico del mundo, por haber dicho que el capitalismo jamás podrá ser abolido). En realidad a la burguesía progresista de Europa le importaba poco la calidad teórica de Negri, pero vio en él a un charlatán que podría serle de gran utilidad en su guerra ideológica contra los proletarios. Y eso fue lo que pasó.

Veamos: cuando Negri entró por primera vez en contacto con las luchas proletarias, éstas tenían un nivel de combatividad tan alto, que sólo cabía decir: «Marx tenía razón: en la fábrica está la lucha contra el trabajo asalariado y la propiedad». Toni sólo estaba repitiendo lo que todos los teóricos marxistas siempre habían sabido: que los combates de la clase obrera en los lugares de trabajo eran y debían ser el eje de la lucha social. ¿Qué pasó entonces? La reacción lanzó una violenta campaña de terrorismo encubierto, infiltró soplones y provocadores en los medios insurgentes, metió drogas en los barrios pobres y organizó una oleada de despidos en las fábricas más conflictivas. Entonces quedó claro que el «obrerismo» de los marxistas italianos como Tronti y Panzieri -enfoque que Negri repetía como un loro- era insuficiente para explicar el carácter de la lucha y su derrota. Algunos intentaron desentenderse del fracaso aprobando el Compromiso Histórico entre estalinistas y demócratacristianos. Otros siguieron viviendo y luchando oscuramente entre los explotados, pues comprendieron que las explicaciones tendrían que surgir del propio movimiento obrero, obligado a asimilar el desastre para retomar la ofensiva. ¿Qué hizo Negri, además de aprovechar la derrota para convertirse en una celebridad? Guardó silencio.

Aunque sería más exacto decir que, además de quedarse callado para no tener que hablar de su vergonzosa conducta, llamó a los proletarios a callarse también, afirmando que «la memoria proletaria es sólo la memoria de la alienación pasada: la transición comunista es la ausencia de memoria». En el preciso instante en que escribió eso, Negri se convirtió en un colaborador de la policía. Pero no se quedó ahí. Al mismo tiempo que llamaba a los explotados a olvidar su propia lucha, Toni el Memorioso aprovechaba la tranquilidad de la prisión para estudiar la historia del pensamiento político moderno. No intentó ningún balance de la desesperada lucha que se libraba en las calles y fábricas, ninguna explicación de la derrota, ninguna propuesta para reconstruir el movimiento obrero. Pero ¿qué más se podía esperar? Toni Negri no es un militante revolucionario ni un estratega de la lucha comunista; es un pensador a sueldo, un metafísico y un oportunista: un títere. Por eso no aportó ningún análisis concreto sobre el desarrollo de la lucha de clases, ni sobre una estrategia de combate internacional de los explotados: en lugar de eso Negri se pasó la década del 80 especulando sobre «poder constituyente», «multitud», y «subjetividad radical»; tratando de combinar teoría revolucionaria con teoría contrarrevolucionaria, comunismo con posmodernismo, fuego con agua… ¿Cómo se le pudo ocurrir a nuestro Profesor esa estúpida amalgama?

Cuando la lucha proletaria iba en ascenso, Negri describió el capitalismo como una dominación política sobre el proceso de producción en el lugar de trabajo, y las ocupaciones y huelgas como combates directos contra el régimen salarial y la propiedad (todo eso era marxismo para escolares). Más tarde Toni se dio cuenta de que el dominio capitalista se extendía más allá del lugar de trabajo, sobre todos los aspectos de la vida cotidiana, cosa que los situacionistas habían comprendido antes y mejor que él. Entonces vino la derrota, y Negri, que no había hecho ninguna contribución real al movimiento, decidió que los culpables del fracaso eran los propios obreros, quienes al luchar por salarios más altos y por el control de la producción se habrían hecho «cómplices de la estafa capitalista». Marx nunca idealizó a los asalariados; sólo dijo que eran la principal fuerza revolucionaria porque al estar ubicados en la base de la producción capitalista, podían hacerla saltar en pedazos si convertían su lucha económica en una lucha política para tomarse el poder. Ese fue el salto que los trabajadores no dieron en Italia y el resto del mundo en la crisis de los 70, y esa debilidad es lo que había que explicar para superarla en los próximos combates.

Pero eso era demasiado para el Profesor Negri. Su solución fue mucho más simple: despreció a los proletarios asalariados que antes amaba (los llamó «obreros masa») y se enamoraró de los proletarios no asalariados: estudiantes, desempleados, precarios (los «obreros sociales»), descritos ahora como el «nuevo sujeto autónomo», la fuerza motriz de la revolución, la «multitud». El problema de su «teoría» es que no da ninguna orientación sobre cómo organizar la lucha de ese proletariado difuso, ni contra qué dirigirla, ni con qué fin preciso. Mientras la lucha de los trabajadores amenaza directamente la base productiva del capital, la lucha de la «multitud» se reduce a elegir entre diversos estilos de vida dentro de la sociedad actual, disolviéndose en una multiplicidad de resistencias superficiales, estéticas y simbólicas, sin finalidad ni estrategia común, y por lo tanto inofensivas para el orden capitalista. Estas «resistencias autónomas» teorizadas por Negri equivalen a la «microfísica del poder» de Foucault, pero en lenguaje marxista.

La admiración de la burguesía hacia ambos personajes no es ninguna coincidencia: Foucault criticó al marxismo diciendo que la lucha de clases era un asunto del pasado y que sólo hay microrrelaciones de poder, localizadas y dispersas, que sólo pueden ser contestadas con microprácticas de resistencia local, etc. Negri por su lado afirmó que el propio Marx había definido la lucha de clases como un asunto de pequeñas resistencias dispersas, descentralizadas y locales, y que las grandes ideas sobre la lucha de clases no habían sido más que un malentendido. Más allá de lo imbéciles que sean esas afirmaciones, lo cierto es que a mediados de los 80 los millonarios de todo el mundo necesitaban escuchar cosas así: suaves, pequeñas y tranquilizadoras, porque todavía temblaban de miedo a causa de los últimos enfrentamientos de clase. Por eso no dudaron en financiar los libros, revistas, cátedras y viajes que quisiera hacer el distinguido profesor Negri, con tal de que siguiera produciendo su chatarra ideológica. Tal coincidencia de intereses entre el filósofo y los inversionistas le fue dando forma al autonomismo de Negri: una vulgar mezcla de retórica marxista, palabrería posmoderna y misticismo barato.

En otras palabras: la fraseología radical de Negri esconde su servilismo a los intereses del capital. Ya a principios de los 80′ su afinidad con Foucault se daba en un momento en que éste defendía el uso de drogas como una forma de «resistencia al poder», mientras todos los Estados fomentaban el consumo de narcóticos para liquidar al proletariado insurrecto. Más tarde, en su libro Imperio, Negri dijo que el aislamiento entre las diversas luchas y la ausencia de estructuras organizativas es la mayor fuerza de los trabajadores, cuando en realidad esas limitaciones los han llevado una y otra vez a las más sangrientas derrotas. Asimismo, al decir que la lucha de clases ha sido superada por una realidad «híbrida, plural, flexible, multicultural», Negri insinúa que la sociedad ha ido más allá del capitalismo, que las clases en pugna se han fundido en una «multitud deseante» y que el enemigo está «en todas partes y en ninguna», lo cual no significa nada. Cuando describe al «Imperio» y a la «multitud», el Profesor Negri celebra las debilidades del proletariado y las fortalezas del capital, y ni siquiera en eso es original, porque sólo repite los viejos temas del liberalismo burgués: hace desaparecer a la clase trabajadora en una masa amorfa de sujetos singulares con intereses autónomos; reduce la lucha social a un agregado caótico de resistencias localizadas; niega la posibilidad de destruir violentamente las estructuras capitalistas; reemplaza toda consideración estratégica del enfrentamiento social con ideas metafísicas sobre la singularidad del individuo, la potencia infinita de la voluntad, la omnipresencia del poder, etc. Negri es un idealista demócrata.

¿Por qué Negri es constantemente invitado a conferenciar en Foros Sociales «alternativos» y en universidades progresistas? Porque su palabrería confusa y vacía sirve al izquierdismo burgués en su lucha ideológica contra las masas. Así, por ejemplo, cuando en el 2002, en medio de una violenta crisis, el problema central del proletariado argentino era unificar su lucha en un sentido claramente anticapitalista, Negri dijo que «lo importante es discutir las formas de gestión colectivas, toda la atención está sobre las formas de gestión». Consecuente con esta visión cretina, en su libro Imperio, Negri afirma que el objetivo de los oprimidos no es resistir a los procesos de la mundialización mercantil, sino «reorganizarlos y redirigirlos hacia nuevos fines». Pero dichos procesos, que surgen del modo de producción capitalista, inevitablemente fortalecen a las clases dominantes y debilitan al proletariado, y es imposible «reorganizarlos» en torno a «nuevas formas de gestión».

Negri, al reducir la lucha a un problema de «formas de gestión», está afirmando que la lucha proletaria no debe superar el nivel económico ni plantearse la superación del capitalismo como objetivo político general. Ese énfasis en las formas inmediatas en desmedro del contenido histórico de la lucha es la negación absoluta de lo que han afirmado siempre los comunistas revolucionarios. Negri está llamando a los trabajadores a resignarse. Y para hacernos tragar su mierda reformista, quiere convencernos de que no estamos determinados por la esclavitud asalariada y la producción de mercancías, sino por la «producción de lenguajes y de subjetividad» en un mundo de «trabajo inmaterial». ¿Esclavos asalariados? Nada de eso. Según el Profesor Negri, debemos reconocernos como una «multitud» que lucha no para destruir el actual modo de producción, sino para expresar su subjetividad y para autogestionar las relaciones capitalistas. Los piquetes, ocupaciones y asambleas están bien para él, siempre que no pasen de la autogestión de lo existente, siempre que no superen los límites del buen entendimiento democrático y civilizado, donde los capitalistas siempre ganan.

¡Pobre Toni, no puede soportar la visión de las terribles luchas que se avecinan! Para conjurar esa pesadilla, visitó a los piqueteros argentinos y pocas horas después a los políticos que ordenaron la brutal represión contra ellos, ¡y a todos los felicitó por su desempeño! ¡Negri, pobre desgraciado! Con su sonrisa helada llamó a los proletarios argentinos a luchar de forma pacífica al mismo tiempo que brindaba con los burócratas que recién habían ordenado disparar contra ellos. Así es Toni Negri, esa basura contratada para confundir y desarmar a los explotados: amigo de piqueteros, asambleístas, empresarios y policías. Por eso el New York Times, bastión mundial de la propaganda burguesa, describió su libro Imperio como «la próxima Gran Idea»; por eso el best-seller fue publicado por la Universidad de Harvard, semillero de ideólogos liberales, y por eso la reaccionaria revista Time lo calificó como «el libro inteligente del momento». Por eso cuando Negri fue a conferenciar a la fábrica ocupada Grissinópolis en Argentina, ningún obrero quiso escucharlo y tuvo que parlotear frente a un pusilánime auditorio de reporteros, académicos y activistas pagados. Por eso las muertes de violadores y asesinos con uniforme europeo en Irak le hacen llorar. Y por eso, porque es un apagafuegos de la lucha de clases, está hoy día en Chile.

En Chile los patrones de izquierda y de derecha temen que los explotados volvamos a levantarnos. Saben que cuando llegue nuestra hora haremos mucho más que gritar «que se vayan todos». Por eso la izquierda burguesa trae a Negri para atontarnos con sus mentiras. Igual que en 1973, nos tienen miedo y quieren mantenernos sometidos. Hoy día usan contra nosotros la basura ideológica de Toni Negri, pero cuando eso ya no sirva van a usar balas de plomo… Por todo esto, hombres y mujeres del proletariado: ¡Basta de rumiar ideologías adormecedoras! ¡Hay que prepararse para combatir!.

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