Chile: Lo comido y lo bailado no nos lo quita nadie

1987: Propaganda armada del FPMR

Nota: Sigue un extracto del texto «A paso firme. Relatos de la resistencia rodriguista», una recopilación de historias que busca rescatar parte del legado de lucha del FPMR. Se trata de experiencias diversas enfocadas desde el ámbito de la autodefensa popular urbana y rural. Lucha donde la instrucción mínima, impartida por los altos mandos del FPMR, se combina con la artesanía, la creatividad y el arrojo desplegado por los jefes y milicianos operativos. Todos, en su gran mayoría, jóvenes populares fogueados al calor de la experiencia concreta en el terreno. «A paso firme» está dedicado, particularmente, a Mauricio Cancino Garín, un militante rodriguista asesinado en la comuna de Pudahuel el 14 de diciembre de 1991. Muchos de los relatos expresados en esta recopilación fueron protagonizados por diversos militantes anónimos, entre ellos Mauricio. He aquí uno de esos relatos.

* * *

«La tercera será la vencida» me decía…

Estaba muy molesto porque, tras dos intentos fallidos, no habíamos podido lograr la misión de requisar un camión Soprole que teníamos visto desde hacía ya varias semanas. Soñábamos con poder repartir sus productos en una población donde habíamos desarrollado un trabajo de base popular. A pesar de que los incontables chequeos y seguimientos previos, que nos indicaban que el camión repetía horarios y recorridos, a último minuto, éste siempre cambiaba de ruta y ahí quedabamos con los planes hechos. Ya parecía una mala jugada.

Además del tiempo perdido, ni hablar del sentimiento de plancha y decepción que sentíamos cuando entregabamos el informe a la Dirección. No obstante, en esta oportunidad, estaba convencido de que no pasaría igual. Me sentía mucho más seguro con este grupo que contaba con compañeros más probados y mejor aún, con un chofer experimentado. Con Marcos, el chofer operativo, procedimos al último chequeo de la ruta que nos llevaría a la población donde distribuiríamos los productos requisados. Ese último chequeo resultó ser de vital importancia pues daba cuenta de un importante cambio en la situación operativa. En el sector donde pensábamos abordar el camión, se estaban haciendo grandes trabajos de alcantarillado. Se trataba de zanjas para la instalación de grandes tuberías cuyo fin era terminar con los clásicos anegamientos del invierno chileno. Estas zanjas no permitían el paso peatonal y menos el paso de vehículos. El chequeo nos permitió descubrir que tres cuadras habían dejado un paso para cruzar a las otras poblaciones. Y que alivio sentimos al percatarnos que el paso nos conducía, justamente, a la dirección conveniente.

Tomamos los tiempos y concluímos que los trabajos de la obra dificultarían, en principio, la posible persecución del enemigo. Dispuse entonces que la acción se realizaría la mañana del día siguiente. Esa misma noche -en el acuartelamiento del grupo operativo- se explicó la misión a los milicianos y se establecieron las tareas individuales de cada cual: Marcos iría al volante, Rubén se encargaría de reducir a los peonetas y yo al chofer. También se revisó y distribuyó el armamento que utilizaríamos. Después de darle varias vueltas a los detalles: planes de distracción, santos y señas, leyendas y etc, nos fuimos a dormir. Por un lado teníamos el estómago apretado de nervios y por otro, unas tremendas ansias y expectativas del éxito de la misión.

Llegado el día, partimos en dirección del objetivo. Esa mañana hacía mucho frío, lo que nos cayó de perillas pues podíamos usar los pasamontañas como cualquier otro gorro y pasaríamos “piola”. Llegamos a la plaza donde esperaríamos la llegada del camión. Mientras esperabamos, simulamos una entretenida pichanga con una pelota de plástico que habíamos comprado en el camino. Los bolsos con las armas los parapetamos debajo de los bancos de la plaza. La pichanga no sólo nos sirvió de leyenda sino que también alivió las tensiones típicas. Al igual que cualquier fanático pelotero, ahí estabamos corriendo, llenos de sudor, detrás de una pelota. De pronto, a lo lejos divisé el camión. Nos pusimos alerta y no la podíamos creer cuando, de repente, a media cuadra, vimos como el camión cambiaba de recorrido. Que bronca y frustración!. Cuando ya comenzaba a ganarnos el desánimo, de improviso llegó un camión de otra empresa pero del mismo rubro. Rapidamente me dí cuenta que la llegada de este nuevo vehículo no variaría mucho el plan original y decidí dar la orden de inicio de la acción.

Rapidamente y de manera coordinada, los miembros del grupo se bajaron los pasamontañas y tomaron sus respectivas armas. Rubén toma con decisión una subametralladora e intenta reducir a los dos peonetas quienes salieron corriendo despavoridos. Acto seguido, con mucha agilidad, salta a la parte tracera del camión para asumir la contención del enemigo en caso de necesidad. Cuanto a mi, debía controlar al chofer quién, al verme llegar con un revolver, tuvo una rápida reacción: dió un tremendo portazo y huyó hacia el interior de un negocio. Intenté detenerlo pero no lo logré. Igual pensé que era mejor dejarlo partir y aprovechar los minutos que teníamos por delante ya que seguramente, una vez al abrigo, el chofer daría aviso a la policía.

Como Marcos ya se encontraba al volante del camión, le ordené rapidamente que arrancara el motor.

–¡Chucha compa! ¡El chofer se llevó las llaves! -me dijo.

Tuvimos un segundo de nerviosismo ante lo que parecía un nuevo fracaso. Nos dimos cuenta que la suerte nos seguía acompañando: el motor del camión estaba aùn encendido!. Años más tarde, un mecánico me explicó que solía ocurrir cuando la chapa del contacto del motor tenía algún desperfecto.

–¿Y podemos seguir así? -le pregunté a Marcos.

–Si -acotó-, el problema es que si nos vemos en la obligación de parar simplemente “cagamos”…

Partimos entonces decididos a enfrentar lo que viniera. Seguimos el recorrido establecido y cruzamos varias avenidas importantes. Felizmente, no se atrevesó ningún vehículo y mejor aún: ¡no nos seguían ni los pacos, ni los tiras, ni los chanchos, ni nadie!.

Cuando estábamos a unas cuadras del lugar escogido para repartir la mercancía, nos bajamos los pasamontañas y Marcos, con gran emoción, empezó a dar fuertes y reiterados bocinazos con la idea de alertar a la población. Desde la seguridad de sus rejas, puertas y ventanas nos observaban con curiosidad pero no se atrevían a salir de sus casas. Sin lugar a dudas, estaban atemorizados al vernos con el rostro cubierto y las armas. En realidad, no entendían lo que estaba ocurriendo. Al darnos cuentas de ésto, bajamos del camión y gritamos consignas relativas al Frente Patríotico Manuel Rodriguez para que los pobladores se entusiamaran. Arengabamos que estabamos concientes de la necesidades de nuestro pueblo, que encontrabamos justo devolver a la población, una parte, de lo que el capitalismo y la dictadura nos negaba y etc, etc. Sin embargo, a pesar de nuestra euforia, tan sólo logramos unos tímidos y tibios aplausos. Decidimos entonces, tomar unos quesos grandes de más o menos diez kilos y los lanzamos a los vecinos que se encontraban más cercanos. Con ese gesto la población reaccionó con más confianza y entendió el sentido de nuestra acción. Entonces, los pobladores empezaron a salir en masa y rodearon desordenadamente el camión. Ante tanta “tole-tole” pedimos a dos pobladores que se subieran arriba del camión y repartieran los productos a la gente que pedía con ansias su tajada.

Antes de partir, desde nuestras gargantas sonó una emocionada arenga que era por esos tiempos, el grito de batalla de la Organización.

–¿Quién en lucha suma y sigue?

–¡Frente Patríotico Manuel Rodríguez!

–¿Porqué luchamos?

–¡Hasta vencer o morir!

Luego ordené la retirada y Rúben me sorprendió con una pregunta planteada timida y humildemente

–Oiga compañero… ¿y podríamos nosotros también llevarnos un quesito?

–¡Claro! -asentí-. Ahh, y por seguridad, tomen el más liviano. Y no olviden que el enemigo estará aquí en unos cuantos minutos, así que hay que emprender la retirada immediatamente.

En ese momento comprendí que nosotros también éramos de esa masa del pueblo y que padecíamos grandes apremios económicos y que un trozo de queso en nuestras mesas era un verdadero lujo. Cada uno puso entonces, un “quesito” en su bolso y nos retiramos bajo los vítores y aplausos de la gente. Después de asegurarnos que habíamos salidos limpios y sin seguimiento, cada uno volvió a sus respectivos territorios. En mi caso, debo confesar que venía pletórico de emociones. Al llegar a mi casa saludé a mis viejos y les dije que había traído un regalito para tomar once y puse sobre la mesa el famoso queso, el cual lo disfrutamos plenamente. En realidad mi familia tampoco estaba ajena a las necesidades de la “pobla” que paraba difícilmente la olla.

Nunca voy a olvidar que esa tarde, nuestra dieta cambió drástica y exepcionalmente. Nuestra típica y exigua torreja de pan se vió abrazada entre dos suculentas moles de queso; transformando así, nuestro humilde “sanguche” diario en un apetitoso festín. Un gran festín de queso que era soñado por cualquier ratón. Estabamos aun deleitándonos con nuestro banquete de queso cuando, por la tele, comenzó el noticiero. La noticia de portada hablaba del secuestro y asalto, por elementos subersivos del FPMR, a un camión de productos lácteos. Productos que habían sido, enseguida, distribuídos en una población de Santiago. En esos momentos, mi viejo, deleitándose con su “sanguche” de queso entre sus manos, me miró de reojo y con una mirada complice me dijó:

–Total, lo comido y lo bailado no nos lo quita nadie.

Y brotaron las carcajadas de simpatía hacia este hecho de resistencia.

Una hora más tarde entregué el parte operativo. El encargado me abrazó emocionado y me señaló que la acción de propaganda era todo un éxito. Que la acción se dió a conocer por todos los canales televisivos y que la Dirección del FPMR mandaba las felicitaciones respectivas. Aún recuerdo el sentimiento de plenitud trás la misión bien cumplida. Y camino de vuelta a casa, no paraba de decirme: «¡Por fiiiiin!». ¡La tercera sí que había sido la vencida!.

Miguel Peña y otros rodriguistas anónimos.

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