Chile: En memoria de la Operación Dignidad

José Miguel, arrestado por la Brigada Investigadora de Organizaciones Criminales en marzo de 1992.

José Miguel, arrestado por la Brigada Investigadora de Organizaciones Criminales en marzo de 1992, tras ser detenido intentando cruzar la frontera tras su participación en el exitoso secuestro de Cristian Edwards del Río.

Nota de la redacción: Publicamos a continuación un texto en memoria de José Miguel Martínez, uno de los tres rodriguistas muertos en la fuga de la Ex Penitenciaría en octubre de 1992. Aquel escrito está extraído desde Almanaque Negro, y es obra de Guillermo Rodríguez Morales, un ex prisionero político mirista que ha escrito algunos libros como Destacamento Miliciano José Bordaz o Haceldama, éste último muy interesante y quizás algo necesario —tanto o más que el libro La Cárcel por Dentro, de Rubén Adrián Valenzuela— para los tiempos actuales, en donde tristemente vemos un aumento de presos políticos destinados a la carnicería de Santiago Uno, debiendo enfrentar por extensos meses -y probablemente años- la vida en una de las prisiones más duras de Chile. Lo triste está en que el aumento de dichos presos políticos no se condice en absoluto con un aumento en las cualidades y cantidades de acciones ofensivas; pero ese es otro tema.

Tan sólo aclarar que se ha modificado, en parte, el vocabulario de modismos usados en Chile por palabras un poco más comprensibles para quienes les ha tocado nacer y vivir en otras latitudes.

A las memorias de Pedro, José Miguel y Mauricio, “las más bellas lágrimas de la desesperación”.

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El teorema de Palito.

No hacía mucho que nos habían trasladado desde la Penitenciaría a la Cárcel Pública. Fue un traslado abrupto. Nuestro grupo estaba trabajando uno de los tantos proyectos de fuga que consecutivamente llenaban nuestros días y esta vez íbamos extraordinariamente bien, cuando posiblemente por alguna delación azarosa, por algún indicio, por alguna razón desconocida hasta hoy, un día cualquiera nos llamaron con la típica fórmula de los penales: «Fulano, Zutano y Mengano deben presentarse en la Cuarta Reja con todas sus pertenencias». Atrás quedaba el túnel en que había estado trabajando día y noche Mena, Carloto y Carlos Bruit, muy sellado y solamente descubierto años después.

Así que de sopetón llegamos a la Cárcel Pública, encontrándonos inesperadamente en la calle a donde habían recluído a los compañeros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez que habían participado del atentado al tirano. ¡Mala movida de Gendarmería! Nosotros ya éramos parte del inventario de las cárceles, con experiencia y varias luchas como presos en el cuerpo, sin mucho respeto por el orden que ellos trataban de imponer, insolentes y arrogantes a los ojos de los viejos y nuevos gendarmes que no podían explicarse muy bien de donde sacábamos fuerzas, organización y capacidades para relativizar cualquiera medida que ellos trataban de imponer. Y claro, contagiamos de inmediato al grupo de rodriguistas que, por ser novatos en la cárcel, aún respondían a las órdenes de los gendarmes vía silbato, a las cuentas, a los reglamentos que ordenaban hasta cómo debíamos estar vestidos. Los desordenados del curso enseñándoles a los mateos y disciplinados rodriguistas como violar cada una de sus ordenes y salir indemnes, al punto que seguramente algún capitán o suboficial mayor debió ser sancionado por tan brillante idea de juntar a los más experimentados presos políticos que ya habían vivido huelgas de hambre, huelgas secas, fugas, motines, apaleos, tomas de recintos de visita, con estos rodriguistas que llegaban «cruditos» a la cárcel.

Se les fue de las manos el control de los presos políticos en la cárcel y, en la misma medida que afuera avanzaba el movimiento de masas en sus luchas por derrocar a la dictadura, adentro ganábamos metro a metro espacios para mejorar nuestras condiciones de vida.

Creo que sobrepasábamos ya los cien presos políticos agrupados en diversas «Calles» [módulos] remodeladas y exclusivas para nosotros. Los más antiguos, presos miristas y algunos mandos del FPMR nos concentramos en la Galería 10, mientras las otras «Calles» (la 5, 6 y 9) eran ocupadas por el Partido Comunista, Mapu-Lautaro, MIR-Renovado, autónomos y descolgados respectivamente.

Y en una de esas, apareció «Palito» por nuestras vidas. Los «manolos» —como les llamábamos nosotros—, habían conformado una «carreta» [grupo de presos que comparten alimentos y compañía] al fondo de la Galería 10, en el primer piso, que encubría —para varios— un nuevo túnel que empezaba a ser trabajado. Ahí se juntaba y compartían alimentos los del mando de los autónomos [grupo del FPMR que declinó entregar las armas]: Robocop, el Rucio, Víctor Díaz Caro y otros rodriguistas como Poquita Luz, el Pepe, Carlos García, Claudio Araya, Cayuya, el Huaso Colina entre otros, y de vez en cuando nos dejábamos caer con Coyete Marchanta [Hugo Marchant] y conversar, conspirar o simplemente para platicar la amistad. Así fuimos conociendo a los «nuevos» rodriguistas que iban ingresando a la cárcel: Narvona, Juanito Órdenes, Richard Ledesma, Rodrigo Morales, Esqueletor, y un estudiante inquieto, agujón, irreverente y un tanto atolondrado: José Miguel Martínez.

No tengo idea de por qué ni cómo hicimos amistad desde el principio. Quizás porque en esa época estábamos estudiando cálculo junto a Coyote y Claudio Araya, y él era un apasionado por las matemáticas. Quizás porque mi celda estaba adornada profusamente por cuadros y pinturas de maestros como Delacroix, Rembrandt, Picasso, van Gogh, Miro, Cezanne, y él era un adicto al dibujo y al cómic. La cosa fue que nos hicimos amigos y pasaba a visitarme a la celda cada día.

—¿Por qué te dicen «Palito»? -le pregunté un día, muy descaradamente, sabiendo de antemano la respuesta.

Se cagó de la risa y fue muy sincero:

—Es sóla una parte del sobrenombre, compañero -respondió-. En verdad me dicen «Palito en el Poto»… porque parece que los molesto mucho.

Era, en cierta, medida verdad: preguntón, agujón, irreverente. No le importaba mucho respetar formalismos —y vaya que los rodriguistas tenían muchos— ni menos leyendas o autoridades burocráticas o verticalistas. Simplemente hacía lo que estimaba correcto, justo y conveniente con lo que aparecía como arrogante, atolondrado.

En su celda dibujó al Comandante José Miguel en la pared y, tomando una pierna de un pantalón y un zapato viejo, los rellenó y pegó a la pared de modo tal que parecía que estaba saliendo desde la pared. Impulsivo, durante un tiempo comenzó a hacer practicas de karate no importando quien le observara.

Fue en esa época en que un día se me ocurrió salir a lo que llamábamos «Calle Ahumada» y pintar los murales bajo los cuales muchos presos y visitas se retiraban de manera posterior. Era «mi volada» durante varios días, en la que me acompañaban otros compañeros tocando guitarra, mateando, mientras yo trazaba, rellenaba, delineaba, fundía colores, rostros, situaciones, consignas. Entonces apareció Palito con sus brochas y pinceles, y se tomó los muros de enfrente haciendo sus dibujos.

Fue algo jocoso, divertido, propio de ese mundo especial de la cárcel donde se cruzaban ideologías, culturas, formas de ver la vida. Y escribo esto porque, al día siguiente, prácticamente había un escándalo bajo los dibujos de Palito, con un compañero de mucha edad del Partido Comunista, campesino, protestando por el dibujo que había realizado Palito:

—¡Cómo se le ocurre al compañero dibujar combatientes con cara, pico y patas de gallinas, y más encima volando! -decía el compañero- Este dibujo representa a los luchadores sociales como gallinas, pobres aves.

Y es que Palito era un muy buen dibujante de cómics y había pintado combatientes de un futuro imaginado, seres espaciales quizás de civilizaciones explotadas de otros mundos, quizás seres producidos por manipulación genética para resolver la mano de obra barata que necesita el capitalismo. Pero era eso: un combatiente del futuro, concebido por su imaginación lo que molestaba, lo que lo convertía nuevamente en «Palito en el Poto».

Los días y los meses pasan raudos. Palito recobra su libertad y, en el penal, enfrentamos la tremenda división que generó el proyecto de Leyes Cumplido. En medio de ello, la fuga exitosa organizada por el Partido Comunista desde la Galería 6 a la que alcanzan a sumarse compañeros del FPMR y del MIR una vez que se fugara el grupo central que había organizado la fuga. Meses más tarde, el escape o rescate protagonizado por militantes del Lautaro, la delación del lugar donde se refugia Antoniolleti y su asesinato, más tarde la Huelga Larga que protagonizamos los miristas y FPMR oponiéndonos a las Leyes Cumplido.

No recuerdo muy bien, pero debe haber sido alrededor del día 40 de esa huelga en que regresó, como visita, José Miguel Martínez para convencerme que me bajara de ella, que el Frente se había reestructurado, que estaba operando y personalmente me pedía que no me sacrificara, que no arriesgáramos nuestras vidas. Fue una conversación emotiva, de compañeros, en la que le aseguré que llegaríamos hasta donde el colectivo y la dirección de la huelga decidieran. Se fue molesto y ya no supimos de él hasta que fue nuevamente encarcelado y volvimos a conversar, esta vez a través de las famosas «calugas» de papel muy doblado, que eran la forma de comunicarnos entre presos de distintos penales.

Lo habían enviado a la Penitenciaria, donde se estaban agrupando a los presos caídos bajo «democracia». Fue Palito quien me solicitó que le escribiera respecto a cómo comportarse frente a los presos comunes, pidiéndome una descripción de cómo eran ellos, qué podían hacer, cómo comportarse. Y fue así como nació mi primer libro: «Haceldama. Campo de Sangre», que retrata la vida en Penitenciaria, las costumbres, usos, leyendas, mitos, organización de los presos comunes y sus luchas internas, novela en la que inserté el intento de fuga realizado por presos del MIR que culminó con la muerte de Victor Zúñiga Arellano.

Luego salí en libertad, y poco tiempo después, me llamó Palito para que fuera a verlo. Fue una visita rara, donde insistía una y otra vez en que le relatara los detalles más íntimos del intento de fuga del grupo de miristas relatado en el libro. No sabia, no podía saber que ellos estaban preparando el intento de fuga en la que Palito y otros compañeros encontrarían la muerte. Sólo al final de la visita me abrazó fuertemente, casi diciéndome en ese abrazo que era posible que ya no nos viéramos más.

Capitán Reyes, adiestrado en la CNI durante 1981, en el Cuartel Borgoño. Responsable a cargo de la muerte de los fugados, perteneciente al grupo antimotines.

Capitán Reyes, adiestrado en la CNI durante 1981, en el Cuartel Borgoño. Responsable a cargo de la muerte de los fugados, perteneciente al grupo antimotines.

En un día como hoy, se realizó la «Operación Víctor Zúñiga se libera», como la habían bautizado. Pedro Ortiz Montenegro, el único que portaba un arma de bajo calibre, había asumido la responsabilidad de cubrir la huida de sus compañeros. Fue el primero en caer herido bajo las balas de Gendarmería. Su hermano Patricio, regresó para ayudarlo, siendo también herido y dado por muerto. Mauricio Gómez Lira y José Miguel Martínez Alvarado, ya heridos, corrieron a ocultarse en el antejardín de una casa, donde fueron alcanzados y brutalmente rematados en el suelo. Sólo Pablo Muñoz y Patricio Ortiz son capturados, en tanto que Francisco Díaz Trujillo (asesinado después en 1996 por Carabineros, en la comuna de El Bosque), Manuel Venegas Messina y Luis Moreno Correa pudieron romper el cerco policial y escapar.

El cielo de octubre se había oscurecido con la sangre de Pedro, José Miguel y Mauricio. Fiel a su teorema de que en la lucha había que dar no sólo un momento, sino que todos los momentos, José Miguel Martínez nos dejó para entrar en la historia convertido en ejemplo.

Comparto con ustedes este poema dedicado a José Miguel Martínez, escrito en ocasión de conmemorarse un año de su muerte y leído en el programa «Entre Barrancas y Caminos», de la Radio Popular Cerro Navia:

Dijiste: ¡Ya no más!
ni media, ni una hora más.
Que no dabas la vida en un instante,
sino que toda la vida, constante.

Y luego sólo vimos
aves carroñeras ensuciando tu aire,
un trozo de muro acribillado,
un torso,
una brizna de hierba que acudió a tu agonía.

No saben los cancerberos
que al destruir tu corazón
una catedral de luz destruyeron.

Grande, como tus anhelos.
Intensa, como tu vida terrena y de combate.

Y a nosotros nos asalta
desde ayer tu sonrisa de hombre-niño
de Palito cotidiano y nuestro
de mago matemático para quien
la vida fue el punto centro
y en la ecuación, el seno fue siempre Pueblo.

Ay, José Miguel Martínez, rodriguista,
dibujante apresurado de la vida,
trazador de sólida
clara y nítida línea.

Ay, amigo hermano, déjame contarte
que desde los muros inconclusos que pintaste
siguen saliendo rodrigos y tamaras
y zapatos libres y cuadernos repletos
de colores, matices y sueños.

Déjame contarte en esta hora homenaje
que están presentes todos los colores
que tanto amaste
Vienen,
venimos
a tu luz y no a tu sombra
los verdes, los azules propios
los rojinegro
los mestizos
los más constantes.

Y ahora que la mortaja
ya no puede contenerte,
repartido en semilla
esperanza, fibra, estandarte,
vuelves,
vuelves del enemigo escapado
convertido en barricada, canto, combate.

Déjame decirte,
José Miguel, contarte
que, al fin hermano,
hermano,
lo lograste.

Guillermo Rodríguez Morales
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Pedro Ortiz Montenegro, caído en pos de su libertad

Desde el Olimpo, alzado en el manto de estrellas
siento tu decepción por quienes pasivos se dejan avasallar…
La guerra hacia los pobres hace mucho la declaró el ricachón,
y con sus perros guardianes de verde aplacan la rebelión…
Es lo mismo de todos los tiempos… hermano querido,
tú bien lo sabrás cuando emprendiste la lucha por la libertad
aunque en ello desgaste la vida, lo indómito tuyo crece en mi pecho…

Cuantas batallas ofrecidas a un pueblo no merecedor.
La memoria es frágil y el enemigo cuenta con ello,
ese pueblo combativo del que tanto hablamos
es sólo uno, metáfora viendo la actualidad…
las botas opresoras continúan pisoteando al desposeído
las balas sagradas desangran el alzado rebelde,
nuestros lápices no escriben todo lo vivido
nuestros pasos no nos guían a la rebelión…
nuestros labios silentes, apretados claman por venganza
mis manos aun fuertes en un puño se alzan
aunque debajo del asfalto no exista igualdad.

Mis recuerdos son un homenaje a tu valentía
a tu iracundo odio a los uniformes…
a la lucha emprendida contra el burgués
a la lucha de clases que jamas cesara.

José Miguel Sánchez Jiménez,
más de 20 años después.

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