Reino Unido, 1949: George Orwell, escritor y colaborador

En el lujoso Hotel Gran Palace, Charly García promocionaba su disco Clics Modernos mientras, paralelamente, en la Catedral Metropolitana de Santiago tocaba el pianista Claudio Arrau, con una pantalla gigante hacia la Plaza de Armas. Y en las paredes decía: «Lea 1984». Tal cual. Escrito con spray azul en tapias de ladrillo mal pintadas de blanco en calles anegadas por la bruma. Era 1984, era Santiago de Chile.

Por esos años circulaba una edición barata de papel amarillento, una traducción hecha en Chile -Samuel Silva fue el hombre- tan buena como la mejor de España. De hecho, muchísimo mejor, porque en las ediciones peninsulares de 1984, el Gran Hermano había hecho lo suyo y muchos años después de la muerte del Caudillo, aún circulaba con los recortes que había perpetrado en la novela la censura franquista. Pero eso se supo después.

A 35 años de ser publicada por primera vez, por fin había llegado 1984 a Chile y, entre el momento en que se levantaba la censura a los libros -en julio del 83- y volvía a instaurarse el Estado de Sitio, fue posible enterarse de qué significaba 1984: la distopía en dosis letales para quienes apenas se asomaban a la utopía.

Por esos días, en Santiago, habían quienes no necesitaban de distopías literarias: recibían lo suyo cada día en forma de gas lacrimógeno, allanamientos nocturnos, balines de goma y otros de plomo, ametralladoras punto 30 emplazadas sobre siniestras camionetas Chevrolet C-10. George Orwell, si le hacemos caso a su fama, habría querido compartir sus días con ellos: en el mundo de 1984, (hoy en día menos orwelliano y más huxleiano) podía sentirse aún una corriente común, una continuidad entre la denuncia de la exclusión de los años 30′ y la lucha contra la exclusión de los 80′; entre las barricadas anarquistas de Barcelona en 1936 y las pilas de neumáticos calientes de La Victoria o cualquier población marginal del Chile pinochetista.

Fue precisamente en Barcelona donde se fraguó 1984. Orwell ya no se llamaba más Eric Arthur Blair, el nombre con que había nacido en Motihari (actual India), y se educó en el prestigioso Colegio Eton, una escuela privada de Inglaterra, para cumplir con la “baja clase media-alta” a la que decía pertenecer. Había renunciado a estudiar en Oxford o Cambridge, y se había hecho policía en Birmania, cuando éste país aún era parte del Imperio Británico. Luego renunciaría a ese empleo. Tenía 33 años y creía en la revolución cuando llegó a España para matar fascistas, pero terminó defendiendo a tiros, en mayo de 1937, la sede del Partido Obrero de Unificación Marxista, el grupo trotskista en cuyas filas se había alistado casi por casualidad. Al otro lado disparaban los bien equipados milicianos comunistas. Era el fin de lo que alguien llamó “el corto verano de la anarquía”.

Allí, tomando el partido de los doblemente derrotados, George Orwell aprendió a desconfiar de la Rusia soviética y terminó de hacerse cargo, según su último biógrafo y comentador, Christopher Hitchens, de “los tres grandes temas del siglo XX”: el estalinismo, el imperialismo y el fascismo.

Celia Kirwan

En marzo de 1949, una tal Celia Kirwan acababa de emplearse en el Information Research Department (Departamento de Investigación de la Información – IRD), una unidad dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña para combatir la influencia, infiltración y propaganda soviética. Su pequeño escaño fue como asistente de Robert Conquest, un licenciado en historia de la Universidad de Oxford, Inglaterra, que se había afiliado al Partido Comunista Británico en 1937. Durante la Segunda Guerra Mundial, Conquest se convirtió en agente de inteligencia. En 1944 fue enviado a Bulgaria como oficial de enlace con el ejército local. Tras el fin de la guerra, trabajó en la Embajada Británica en Sofía -capital del Bulgaria-, donde presenció el crecimiento de la influencia soviética en el país: en 1946, se proclamaría la República Popular de Bulgaria. Este hecho marcó su quiebre con el comunismo, al punto que cuando regresó a Londres, en 1948, se sumó al recién inaugurado Information Research Department, donde comenzó a estudiar en profundidad a la URSS, hasta 1968, cuando publicaría su best seller El Gran Terror.

Pero no estábamos hablando de Conquest. Una de las primeras cosas que le vino a la mente a la señorita Kirwan, fue visitar a George Orwell en el sanatorio donde el escritor se estaba tratando la tuberculosis que padecía. Tras conversaciones, Orwell hizo una lista con los nombres de personas que él consideraba, de alguna manera, cercanos a las ideas comunistas y, por lo tanto, como “indeseables” para el IRD, y se las envió a Celia Kirwan.

Habiendo trbajado previamente para la revista de Cyril Connolly sobre literatura y arte, Horizon, y tras un breve paso como asistente editorial para la revista de filosofía, psicología y estética, Polemic, Kirwan había sido la cuñada del entonces historiador anticomunista Arthur Koestler y una de las mujeres a las que Orwell le propuso matrimonio tras la muerte de su primera esposa, Eileen O’Shaughnessy, en 1945.

Orwell basó su lista en un cuaderno estrictamente privado que él mantenía desde mediados de los años 40′ como posibles crypto-comunistas[1]: compañeros de ruta, miembros declarados del Partido Comunista Británico, como también agentes y simpatizantes sentimentales. El cuaderno, conservado en el Orwell Archive de la University College de Londres, contiene 135 nombres en total, incluyendo escritores norteamericanos y políticos. Diez nombres fueron tachados, ya sea porque la persona había muerto o porque Orwell había decidido que ya no tenían las características para estar en dicha lista. Como bien lo define Michael Shelden en su libro de 1991 Orwell. Biografía Autorizada: «La gente nombrada era una mezcla de algunos famosos, otros oscuros, unos que conocía personalmente y otros que no». Orwell comentó en la revista política y cultural New Leader, en 1947:

Lo importante a hacer con estas personas (y esto es extremadamente difícil, desde que uno tiene sólo evidencia en base a deducciones) es ordenarlas y determinar cuál de esas es honesta y cuál no. Hay, por un momento, un grupo completo de diputados en el Parlamento Británico (Denis Pritt, Konni Zilliacus, etc.) quienes comúnmente son llamados “los cryptos”. Ellos han hecho, sin duda, una gran cantidad de travesuras, especialmente confundiendo a las personas acerca de la naturaleza de los gobiernos títeres en Europa del Este; pero uno no debe apresurarse en asumir que todos ellos tienen la misma opinión. Probablemente algunos de ellos son impulsados por nada más que por la estupidez.

La prensa británica tenía conocimiento acerca de ésta lista desde algunos años antes de que se hiciera pública en 2003. Ejemplo de ellos es el titular del Daily Telegraph cuando dieron la noticia de última hora en 1998: «El ícono socialista que se convirtió en informante».

Bernard Crick, cientista político socialdemócrata y uno de los tantos biógrafos de Orwell, justificó el intento del escritor para ayudar al gobierno laborista de la post-guerra: «[Orwell] lo hizo porque pensaba que el Partido Comunista Británico era una amenaza totalitaria. No denunciaba a esas personas como “subversivos”, sino que como no aptos para una operación de contra-inteligencia».

El historiador marxista John Newsinger, consideró la decisión de Orwell como «un terrible error de su parte, derivando en igual medida por su hostilidad al estalinismo y por sus ilusiones del gobierno laborista de Clement Attlee. Lo que, sin embargo, no equivale a un abandono de la causa socialista o transformación en un soldado de infantería de la Guerra Fría. En efecto, Orwell hizo aclaraciones en un número de ocasiones acerca de su oposición al macarthismo británico, a cualquier prohibición o prescripción hacia miembros del Partido Comunista Británico y a cualquier noción de “guerra preventiva”. Si hubiese vivido lo suficiente como para darse cuenta de lo que el IRD es actualmente, no hay dudas de que habría roto con éste».

George Orwell murió el 21 de enero de 1950, diez meses después de entregar su lista y sin tener que enfrentar ninguna explicación respecto a ella.

Creo que George era el indicado para hacerlo. Y, por supuesto, todos piensan que las personas de la lista iban a ser fusiladas al amanecer. Lo único que les iba a pasar es que no se les solicitaía que escribieran para el IRD.

Celia Kirwan,

mediados de los 90′.

Con el tiempo, comenzaron a mostrarse posiciones en defensa de Orwell, como la del Jaime Semprun, cercano al situacionismo de Debord y el antidesarrollismo de Miguel Amorós. Semprun, editor de Orwell en Francia y fundador de las Ediciones de la Enciclopedia de la Nocividad, publicó junto con Éditions Ivrea la defensa del difunto titulada «George Orwell ante sus calumniadores. Algunas observaciones» (coeditado en España por DDT Banaketak y Ediciones El Salmón, y disponible en la librería de Traficantes de Sueños). El traductor al español de la obra, Javier Rodríguez Hidalgo, escribió en 2003:

Como traductor y editor de la versión en castellano del folleto «George Orwell ante sus calumniadores», me veo en la obligación de responder a (…) una sarta de calumnias a la que no parece querer responder nadie; ni siquiera cuando muchos han tenido la oportunidad de hacerlo con motivo del centenario. (…)

Kirwan le pidió su apoyo para una campaña de contrapropaganda ideada para combatir al estalinismo y quiso conocer si Orwell sabía de otras personas que podrían sumarse a dicha campaña. En una carta que envió a su amiga, Orwell mostró su adhesión a la idea y sugirió al mismo tiempo varios nombres de personas que, en su opinión, estarían dispuestas a hacer lo mismo (Franz Borkenau, por ejemplo). De paso, también le propuso a Kirwan una lista que había confeccionado a lo largo de los años con los nombres de intelectuales británicos “con los que no se podía contar para una propaganda semejante”. A esa lista (…) pertenecen las 38 personas que Orwell presuntamente delató. ¿Pero dónde está esa delación, y en qué consiste? Eso nadie lo sabe, pero da igual; los muertos no pueden defenderse y, en esta época en que todos son antiestalinistas (y uno no puede dejar de preguntarse si realmente hubo estalinistas o franquistas alguna vez), arrebatarles los méritos a los que de verdad lo fueron cuando suponía un gran sacrificio parece haberse convertido en una fuente de placer morboso.

Las conclusiones son innecesarias. ¿Colaboración con organismos de inteligencia? ¿Anti-estalinismo?. Qué más da… que cada quien saque las suyas.

Lista final usada por el IRD, con las anotaciones de Orwell:

  1. “Aldred”: Escritor, autor de “Of many Men”. Probablemente su primer nombre sea “Christian”. Miembro del Partido Comunista Británico.
  2. John Anderson: Corresponsal industrial para The Guardian en Manchester. Probablemente sólo simpatizante. Buen reportero. Estúpido.
  3. John Beavan: Editor del Manchester Evening News y otros diarios. Sólo simpatizante sentimental. No, subjetivamente, pro-Partido Comunista. Puede tener distintos puntos de vista.
  4. Arthur Calder-Marshall: Escritor y periodista. Previamente compañero de ruta. Ha cambiado, pero no de manera fiable. Persona insincera.
  5. E. H. Carr: Historiador de la Universidad de Aberystwyth. Libros acerca de Bakunin, etc. Sólo es apaciguador.
  6. Isaac Deutscher: Periodista de The Observer, The Economist y otros periódicos. Sólo simpatizante. Es un judío polaco. Previamente trotskista, tiene puntos de vista diversos principalmente por la cuestión judía. Puede cambiar nuevamente.
  7. Cedric Dover: Periodista y escritor, autor de Half Caste, etc. Con formación de zoólogo. Es eurasiático. Especial énfasis anti-blanco, sobre todo anti-estadounidense, pero seguramente pro-ruso en la mayoría de los asuntos. Muy deshonesto. Corrupto.
  8. Walter Duranty: Angloamericano. Conocido corresponsal extranjero. Libros acerca de Rusia, etc.
  9. Douglas Goldring: Escritor, especialmente de novelas. Ambicioso decepcionado.
  10. Mayor Hooper: Experto militar. Autor de folletos y libros sobre la URSS.
  11. Alaric Jacob: Corresponsal del Daily Express y otros periódicos.
  12. Marjorie Kohn: Profesora y periodista del New Statesman y otras publicaciones. Simpatizante tonta.
  13. Stefan Litauer: Experto en escándalos extranjeros. Corresponsal polaco alrededor de 1943-46. Obviamente deshonesto. Se dice que ha sido previamente partidario de Piłsudski.
  14. Norman Mackenzie: Periodista del New Statesman
  15. H. Kingsley Martin: Editor del New Statesman. Muy deshonesto para ser del todo crypto o compañero de ruta, pero seguramente pro-ruso en la mayoría de los asuntos.
  16. Hugh McDiarmid: Poeta y nacionalista escocés.
  17. Naomi Mitchison: Novelista. Simpatizante tonta. Hermana de JBS Haldane.
  18. Nicholas Moore: Poeta. Inclinaciones anarquistas.
  19. Iris Morley: Corresponsal de The Observer y otras publicaciones. Compañera de ruta muy fuerte.
  20. R. Neumann: Novelista. Editó autores internacionales en Hutchinson & Co. por algunos años. Nacionalidad alemana.
  21. George Padmore: Relacionado con la Liga Contra el Imperialismo y actividades afines. Autor de muchos folletos. Negro. Disidente comunista, expulsado del Partido Comunista de los Estados Unidos alrededor de 1936, pero seguramente pro-ruso.
  22. Ralph Parker: Corresponsal de News Chronicle y otras publicaciones.
  23. J. B. Priestley: Novelista y locutor.
  24. Peter Smollett: ¿Nombre real “Smolka”?. Corresponsal del Daily Express, etc. Miembro de la sección rusa del Ministerio del Interior de Rusia durante la guerra. Apuntado por C. Pers como meramente ambicioso, pero da la fuerte impresión de ser un tipo de agente ruso. Persona muy babosa.
  25. Margaret Stewart: Periodista de News Chronicle, The Economist y otros periódicos. Activa en NUJ. Alrededor de 5 años atrás, fue miembro oculta del Partido Comunista. Puede haber cambiado sus posiciones. Persona muy hábil.
  26. Alexander Werth: Corresponsal extranjero del Manchester Guardian y otros periódicos. Puede no ser un compañero de ruta, pero da esa impresión.
  27. Patrick Blackett: Divulgador científico y profesor de física.
  28. Gordon Childe: Profesor y divulgador científico (antropología e historia de la ciencia).
  29. John Macmurray: Profesor. Miembro del Student Christian Movement del National Peace Council. Personalista. Muchos libros. Ninguna conección organizacional, pero muy, subjetivamente, pro-URSS. Cabe destacar que la rama francesa del personalismo está dominada, en parte, por compañeros de ruta.
  30. Tibor Mende: Analista de política internacional.
  31. J. G. Crowther: Divulgador científico.
  32. Charles Chaplin: Actor, director y músico.
  33. Michael Redgrave: Actor.
  34. Tom Driberg: Parlamentario por la localidad de Old Malden y columnista de Reynold’s News, previamente en el Daily Express. Usualmente calificado como crypto-comunista, pero en mi opinión no es del todo pro-Partido Comunista.
  35. Joseph McLeod: Escritor de temáticas tétricas, previamente locutor de la BBC.
  36. Peadar O’Donnell: Crítico.
  37. Reverendo Leonard Schiff: Conocimiento sobre India. Autor de folletos.
  38. Comandante E. P. Young: Miembro de la Marina Real Británica. Experto naval. Autor de folletos. Casi de seguro un crypto comunista.

Alguna de la gente mencionada en el cuaderno de Orwell, pero que no aparece en la lista final hecha por el IRD eran:

  1. Bessie Braddock: Parlamentario laborista.
  2. Alex Comfort: Escritor pacifista.
  3. Nancy Cunard: Escritora de la clase alta y activista de izquierda.
  4. Katharine Hepburn: Actriz.
  5. Harold Laski: Economista.
  6. Cecil Day-Lewis: Poeta.
  7. Alan Nunn May: Científico.
  8. John Platts-Mills: Parlamentario laborista.
  9. Sean O’Casey: Dramaturgo.
  10. George Bernard Shaw: Dramaturgo.
  11. John Steinbeck: Escritor.
  12. Randall Swingler: Poeta.
  13. Stephen Swingler: Parlamentario laborista.
  14. A. J. P. Taylor: Historiador.
  15. Orson Welles: Director de cine.
  16. Solly Zuckerman: Científico

Artículos en inglés:

NOTAS:

[1]: Dícese de quien mantiene un apoyo secreto al comunismo, ya sea para evitar persecuciones políticas u otras razones como, por ejemplo, infiltración.

[2]: MI5: Servicio de inteligencia del Reino Unido. “Bandera Roja”: expresión británica para referirse a políticos de izquierda, en su mayoría socialistas.

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